Como ya os he contado, comencé a servir y a guiar a mi primer amo, el ciego siendo apenas un adolescente. Estuvimos unos días en Salamanca, pero como no estaba conforme con las ganancias conseguidas, decidió que nos iríamos de la ciudad. Nada más salir de la ciudad, llegamos a un puente, en el que había un animal de piedra, con forma de toro. Mi amo me mandó acercarme y me dijo:
– Lázaro, acércate al toro y oirás un gran ruido dentro de él.
Yo, creyendo que era verdad, me acerqué sin dudarlo y, en cuanto puse mi cabeza junto al animal, me dio un gran golpe contra él. Burlándose de mí, me dijo:
– Ya aprenderás, necio, que el mozo del ciego debe saber una pizca más que el diablo.
Desde aquel instante, empecé a despertar de mi inocencia pueril, y me dije:
– Más me vale empezar a abrir bien los ojos, pues estoy solo, y he de aprender a valerme por mí mismo, como me dijo mi madre. Mi amo era muy listo y astuto: tenía mil formas y maneras de sacar dinero. Sin embargo, a pesar de que conseguía todo lo que se proponía, jamás conocí a un hombre tan avariento y mezquino; tanto, que no comía ni la mitad de lo necesario, y me hacía pasar muchísima hambre.
Pero, como yo aprendía rápido, me valí de mi ingenio para no pasarlo tan mal. Conseguía engañarlo de tal manera, que la mayoría de las veces, me quedaba yo con la mejor parte de la comida.
[…]
Durante mi estancia con él, viví muchas desventuras, y de todas ellas aprendí que a lo largo de mi vida debería de valerme de mentiras y mucha astucia para poder salir adelante.
El Lazarillo de Tormes. Tratado I. Adaptación: María Jesús Chacón. Disponible en: https://weeblebooks.com/es/literaturaclasica/el-lazarillo-de-tormes/. Acceso el: 20 ago. 2021.
En el fragmento del texto de El Lazarillo de Tormes se oponen dos visiones de mundo: la del ciego que necesita ser muy listo para sobrevivir sin poder ver, y la de Lázaro, que es su mozo y, para eso, necesita