La historia del abanico
Testimonios aportados por los arqueólogos sitúan el origen del primer abanico rígido en el antiguo Egipto, año 3.000 antes de Cristo. De ese milenio son los encontrados en China pertenecientes al tiempo del emperador Hsien Yuan. Según la leyenda, a la celebración de la tradicional fiesta de las antorchas, las mujeres tenían que ir con el rostro cubierto por un antifaz para evitar las miradas de los hombres. Pero un buen año hacía tanto calor que la joven Kan-Si hija de un rico mandarín no pudo resistir. Ni corta ni perezosa, [1] se quitó el antifaz y [2] lo agitó para darse aire. Las demás mujeres la imitaron y contribuyeron al nacimiento del abanico.
La expansión del invento se produjo al hacerse plegable y se atribuye el hallazgo a un humilde artesano japonés llamado Tamba. Durante el año 670 de nuestra era diseñó el primer abanico plegable fijándose en cómo recogía las alas un murciélago que había en [3] su taller. Fabricó varios ejemplares y al tratarse de un objeto cómodo y de fácil manejo su uso fue generalizándose en Oriente.
A los griegos [4] les llegó a través de los asirios y era costumbre entre los recién casados que el marido abanicara a la esposa mientras dormía como muestra de atención.
Los romanos lo denominaron flabelum y lo utilizaban en las termas, los teatros y otros lugares públicos.
En España el abanico penetró por varias vías. Los primeros en traerlo fueron los árabes. En el siglo XV, los conquistadores españoles regresaron del Nuevo Mundo con abanicos aztecas. Moctezuma regaló dos a Hernán Cortés de plumas ensambladas en un rico varillaje. Pero los corredores de entrada del abanico a la Península Ibérica y de aquí a Europa fueron las rutas comerciales abiertas con Oriente por Portugal.
El abanico al principio fue un objeto oneroso y raro que sólo podían disfrutar las damas de alto linaje. Sin embargo, pronto surgió una gran industria abaniquera que se extendió por todo el continente europeo.
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