TEXTO:
Es vieja costumbre del mundo anglosajón
iniciar el año nuevo con una serie de “resoluciones”
entendidas como compromisos de la voluntad. Es
un acto que se aviene bien con el pragmatismo
[5] del Norte, si por voluntad entendemos actos que
seleccionan un objetivo y ponen en marcha la
ejecución de los mismos. Sospecho que en nuestro
mundo iberoamericano, más que resoluciones, cada
año expresamos deseos con la esperanza de que
[10] se cumplan. La diferencia es ésta: el acto cumple
su objetivo; el deseo jamás se cumple plenamente,
porque deseo engendra deseo, interminablemente.
Es dentro de este marco que ubico mis deseos.
Deseo que este siglo sepamos unir la capacidad
[15] científica y técnica — la más avanzada de la
historia — a la capacidad política y humana — la más
retrasada de la historia —. Tenemos todos los medios
científicos, técnicos y financieros para erradicar la
pobreza, el hambre, la ignorancia de, por lo menos,
[20] la mitad de la población del planeta. ¿Por qué no lo
hacemos?
Porque carecemos de la voluntad política, de la
acción y el deseo combinados.
Estos son deseos que, desgraciadamente, no
[25] se cumplirán en el año 2002. Un nuevo y terrible
escenario mundial concentra la atención en otras
zonas de la vida... y de la muerte.
El ataque terrorista contra los EE.UU. nos
recordó las violentas heridas del terror prácticamente
[30] omnímodo que maculó el siglo XX. ¿Y no es
terrorismo de otro calibre negarle derechos a la mujer,
protección al anciano, educación al niño, respeto a la
raza, credo u orientación sexual?
FUENTES, Carlos. Feliz año nuevo. In: Elpais.es. 6 jan. 2002. (Adaptado).
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