Un tranvía aburrido
Había una vez un tranvía que se llamaba Catorce, porque en lo alto del techo llevaba un cartel con el número “14”. Una noche, mientras los demás tranvías ya descansaban en el terminal, Catorce no podía dormir. Estaba triste, muy triste. Y de sus grandes ojos de farol se le escapaban dos gruesas lágrimas.
- Por qué lloras? – le preguntó Tato, el perro del carnicero, que era el mejor amigo de Catorce.
- ¡Ay! – se quejó el tranvía-. Hace tanto tiempo que hago el mismo viaje, siempre por las mismas calles, viendo las mismas casas altas y grises. Nunca veo flores ni árboles. Y nunca vi el Estanque de los Botes Alegres, del que tanto hablan otros tranvías. ¡que ganas tengo de verlo, aunque sea una vez!
- Si no es más que eso, no te preocupes, Catorce – dijo el perro-. ¿No ves que la luna brilla más que nunca y casi se puede ver como si fuera de día? Yo conozco bien el camino hasta el Estanque. ¿Qué te parece si vamos?
Y sin esperar una contestación, Tato subió al tranvía, se puso la gorra del conductor y “clan, clan”, comenzó el viaje. (…)
DUENDE. Un tranvía aburrido. 1ª. ed. 9na. reimp. Buenos Aires: Sigmar, 2008
Según el texto arriba se puede afirmar que:
I. El nombre del tranvía aburrido coincidía con su número de identificación.
II. Tato, el perro carnicero, deseaba ayudar a su amigo Catorce.
III. El brillo de la luna era débil. IV. El tranvía anhelaba conocer a las bellas casas altas y grises.
V. El carnicero ansiaba ver al tranvía, aunque fuera una sola vez.
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