Texto III
LA RATITA PRESUMIDA
Hace muchos años había una ratita tan hacendosa, que una mañana barría en el portal de su casa y se encontró una moneda.
Con el dinero no sabía qué hacer, pero finalmente se compró un lazo para presumir.
Se encontró tan preciosa que quiso casarse pronto y enamorar algún tonto que la quisiese por esposa. Un día, presumía por la ventana y acertó a pasar un pato que, al ver a nuestra amiga, le dijo:
– ¿Quieres casarte conmigo?
– Quizás sí o quizás no; antes quiero oír tu voz.
– ¡Cua, cua! -respondió el patito.
– ¡No, no, más que voz, parece un grillo!
Lo mismo le preguntó un cerdo.
– Quizás sí o quizás no; antes quiero oír tu voz.
– ¡Gruñ, gruñ!
– ¡Oh, no, no, tus gruñidos son muy fieros!
Llegó rebuznando el asno y, al oír su voz tan ronca, la ratita presumida le dice que no, enseguida. Pasa un gato bien plantado y, al oír su voz divina, muy coqueta, lo remira y le dice:
– Si, mi vida.
– Ratita, ratita, amada, si me quieres por marido, tienes que darme primero tres besos en el sombrero. Asustada, pega un brinco porque ve sus intenciones. Con las prisas, se le cae el lazo y lo recoge don gato.
Esta historia mal termina: la ratita fue cogida de un zarpazo y, de ella, sólo queda el lazo sobre la mesa... del gato.
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En el texto, LA RATITA PRESUMIDA, semánticamente, el adjetivo presumida es lo mismo que