El hincha
Una vez por semana, el hincha huye de su casa y
asiste al estadio.
Flamean las banderas, suenan las matracas, los
cohetes, los tambores, llueven las serpientes y el papel
picado; la ciudad desaparece, la rutina se olvida, sólo
existe el templo. En este espacio sagrado, la única
religión que no tiene ateos exhibe a sus divinidades.
Aunque el hincha puede contemplar el milagro, más
cómodamente, en la pantalla de la tele, prefiere
emprender la peregrinación hacia este lugar donde puede
ver en carne y hueso a sus ángeles, batiéndose a duelo
contra los demonios de turno.
Aquí, el hincha agita el pañuelo, traga saliva, glup,
traga veneno, se come la gorra, susurra plegarias y
maldiciones y de pronto se rompe la garganta en una
ovación y salta como pulga abrazando al desconocido
que grita el gol a su lado. Mientras dura la misa pagana, el
hincha es muchos. Con miles de devotos comparte la
certeza de que somos los mejores, todos los árbitros están
vendidos, todos los rivales son tramposos.
Rara vez el hincha dice “ ”
“ ” Bien sabe este
jugador número doce que es él quien sopla los vientos de
fervor que empujan la pelota cuando ella se duerme,
como bien saben los otros once jugadores que jugar sin
hinchada es como bailar sinmúsica.
Cuando el partido concluye, el hincha, que no se ha
movido de la tribuna, celebra su victoria; qué goleada les
hicimos, qué paliza les dimos, o llora su derrota; otra vez
nos estafaron, juez ladrón. Y entonces el sol se va y el
hincha se va. Caen las sombras sobre el estadio que se
vacía. En las gradas de cemento arden, aquí y allá,
algunas hogueras de fuego fugaz, mientras se van
apagando las luces y las voces. El estadio se queda solo y
también el hincha regresa a su soledad, yo que ha sido
nosotros: el hincha se aleja, se dispersa, se pierde, y el
domingo es melancólico como un miércoles de cenizas
después de la muerte del carnaval.
Fonte: Eduardo Galeano, El fútbol a sol y sombra, 1995.
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