MUJICA: INTEGRIDAD POLÍTICA
La Jornada, 22.02.15.
Editorial
La inminente salida de José Mujica de la Presidencia de Uruguay hace pertinente y necesario ponderar la labor política y ética de un personaje que resulta, en muchos sentidos, emblemático en el entorno de la política latinoamericana y mundial.
Con un pasado de militancia en organizaciones guerrilleras, Mujica es representante de una generación que, como él mismo ha señalado, intentó cambiar el mundo y fue avasallada por los gobiernos dictatoriales con los que se enfrentaba. Sin embargo, a diferencia de otros ex guerrilleros, la conquista del poder no trastocó los pilares de un ideario político que se basa, fundamentalmente, en la búsqueda de la justicia social, la verdad histórica y la democracia.
El caso de Mujica resulta paradigmático, pues ha demostrado que en el ejercicio del poder, la ética y la política no sólo son posibles sino necesarias. La vida modesta y recatada del mandatario, su renuncia a enriquecerse a costa del cargo que detenta y la revalorización que hace desde el discurso político respecto de valores éticos fundamentales, como la honestidad y la transparencia, han sido proyectados en forma inequívoca en cada una de las acciones de su gobierno.
Gracias a ese entreveramiento entre ética y política, Uruguay se ha mantenido a salvo de escándalos de corrupción y enriquecimiento inexplicable de funcionarios, problemas que han afectado a naciones como Argentina, Brasil y México. Hay que reconocer, además, el mérito de una gestión que ha abatido la pobreza y el desempleo, ha consolidado en forma notable a su sector agrícola y ha colocado a Uruguay como una de las naciones más comprometidas con el desarrollo de las fuentes energéticas renovables. No deja de ser aleccionador que en un momento histórico en el que los regímenes políticos de todo el mundo adolecen de una crisis de representatividad por la brecha abierta entre las élites gobernantes, por un lado, y las sociedades por el otro, en el caso del Uruguay la figura de Mujica es reconocida por simpatizantes y opositores como el correlato lógico de los avances económicos y sociales que ha experimentado el Uruguay en el último lustro, y ello ha dotado a las instituciones de ese país de un reconocimiento y una legitimidad que al día de hoy son impensables en otros países de la región y del mundo.
(Texto reducido).
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