Desde hace un tiempo se habla mucho del “ninguneo”. Es una práctica social consistente en no hacerle caso a una persona, en implementar conductas para dar a entender a alguien que no es nadie. Es una forma de violencia moral o psicológica, una manifestación de crueldad que algunas personas o grupos creen tener derecho a desplegar. La indiferencia convierte a alguien en invisible, y lo lleva a un estado de auténtico vacio. Abunda excesivamente en muchos de nuestros contextos: escuelas, política, relaciones de pareja, familia e incluso grupos de amigos. Este “deporte” consiste en negarle existencia y mérito al adversario, como si eso sumara méritos al ninguneador. El efecto siempre es el mismo: sufrir y cuestionar nuestra autoestima e identidad.
Como seres sociales, dotados de necesidades emocionales, aspiramos a establecer una relación de constante reciprocidad con quienes nos rodean. Si en un momento dado empezamos a percibir silencios, frialdad y despreocupación, nuestro cerebro nos avisará de una amenaza, de un miedo profundo y evidente: percibir que no somos amados, apreciados. Algunas personas pueden adoptar una actitud indiferente porque no somos lo suficientemente significativos para ellas desde el punto de vista emocional. Muchas veces utilizarán la indiferencia como escudo pues le temen al compromiso y no quieren tener ataduras emocionales. Generalmente, el envidioso huele el éxito de aquel a quien envidia, y para no reconocerlo, tan egoísta que es, prefiere lanzar el veneno de la indiferencia.
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La lectura del texto permite entender que una consecuencia del acto de ningunear es