TEXTO:
La última tontería
Hay dos cosas que tengo claras: no deseo retornar
a mi juventud y tampoco ser inmortal. La primera, porque
tendría que vivir lo vivido, con la mirada ya atenta,
aguardando la traición conocida o la sorpresa usada,
[5] aprendidas la fúlgida llegada del amor y su huida. Como
quien repasa de memoria la lección de un examen. No
lo quiero. O, si pudiese cambiar algo de la lección, sería
tan esencial el cambio que, a partir de ahí, se
transformaría la vida en otra vida, y en otro yo, y en otra
[10] consecuencia. No hay que desear la inmortalidad, sino
la madurez imperceptible y tarda. Es decir, la vejez. Igual
que un fruto maduro en su interior, sin moverse en la
rama, hasta que cae en su minuto exacto, hay que
aspirar a madurar camino de la feria, yendo o volviendo.
[15] Hasta las mismas puertas de la muerte. Sin pudrirse,
sin agriarse. Los jóvenes todavía están en formación:
es difícil que entiendan este anhelo de que la vida
acabe cuando acabe el proceso de la maduración:
no antes, no después. Y la inmortalidad es lo
[20] mismo que un freno: un sillón en que el seguro e
instalado se sienta, y ya no avanza; no hay urgencia;
no hay ocupación ni despreocupación; no hay temor a
morir, ni camino, ni feria, porque una feria no puede durar
para siempre. La inmortalidad personal, a mis ojos
[25] mortales, es una tontería.
GALA, Antonio. Disponível em: <http://www.elmundo.es/opinion/2015/ 04/03/551eaa5422601dc3478b457d.html>. Acesso em: 12 out. 2015
En lo que se refiere a los aspectos lingüísticos del texto, es correcto afirmar