Texto
Cosas que ya no existen
Rosa Montero
Es verdad que crecer, o envejecer, es ir asistiendo a la progresiva desaparición del mundo, esto
es, de tu mundo, o más bien de los distintos mundos de tu pasado, porque cuanto mayor eres, más capas
biográficas vas teniendo a la espalda. Y así, desaparecen las personas que conociste y que fueron
importantes en determinada época de tu vida, unas porque murieron y otras porque simplemente dejaron
[05] de compartir su existencia contigo. Desaparecen, sobre todo, edificios, calles, glorietas, carreteras. Con
la furia constructora en Madrid, por ejemplo, no puedo ni imaginar la cantidad de nostalgias urbanas
que van a crearse. Porque tras las obras probablemente todo quede mejor, pero se habrán esfumado
para siempre callejones oscuros en donde una pareja se besó por primera vez, aceras cuarteadas en las
que jugaron tarde tras tarde infinidad de niños, paisajes ciudadanos unidos indeleblemente al recuerdo de
[10] un amor o un dolor, de un principio o un final.
Las desapariciones, claro está, se van acumulando con el tiempo, de manera que si vives mucho,
supongo que terminas convertido en algo así como un marciano caído casualmente sobre la Tierra. Un
alienígena, en fin, un superviviente de un mundo destruido. Como Superman, pero con artritis y temblores
en vez de superpoderes, lo cual empeora notablemente la situación. El despiadado gracejo popular ha
[15] creado un personaje tópico para representar a ese marciano venido del ayer que se empeña en contarnos
cómo era todo: es el abuelo batallitas. Aunque en realidad es una suerte convertirte en un viejo así.
Primero, porque implica no haber muerto a edad temprana; y segundo, porque si das la brasa contando
tus batallitas, es que tienes alguien a quien contárselas. Lo cual no es baladí.
Pensaba yo en todo esto el otro día porque empezó a sobrecogerme la cantidad de mundos que ya
[20] he visto desaparecer, una prueba inequívoca de mi creciente deriva hacia las batallitas de la senectud.
Guardo otros mundos perdidos en la memoria. Por citar sólo uno: la vida anterior a la revolución
electrónica. Recuerdo que mi primer ordenador, un portátil enorme y pesadísimo, tenía 48 K de memoria
(mi diminuto teléfono móvil tiene hoy seiscientas veces más potencia): sólo podía escribir noventa líneas
de texto, y luego tenía que pasarlas a un disquete y borrarlas del ordenador para poder seguir trabajando.
[25] Por no hablar del cambio gigantesco que ha traído Internet. ¡Pero si la World Wide Web fue creada en
1990! Hace tan sólo dieciséis años. Y ahora tiene mil cien millones de usuarios. Recuerdo la sociedad
anterior a todo esto, sin ordenadores, sinmóviles, con papeles de calco, con funcionarios consultando
legajos y anotando a mano. Parece el paleolítico.
Texto adaptado. EL PAÍS.com. El País semanal. http://www.elpais.com/articulo/portada/Cosas/existen/elpepusoceps/20061022elpepspor11/Tes
Por “nostalgias urbanas” (línea 6) se entiende: